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Dos arboles de Navidad

    
    



Dos arboles de Navidad



Cuántos chistes y lindas historias de la Navidad se nos vienen a la mente apenas sentimos el olor a pino, o mejor dicho ciprés. Tengo un par para compartir.
    
En mis tiempos de niña en la URSS no se celebraba la Navidad, solo el Año Nuevo. Probablemente por la falta de Navidad la celebración de Año Nuevo tradicionalmente fue a todo dar. Fue el día del año más esperado y celebrado. Curiosamente el pino se ponía el mismo día del 31. Yo siempre me pregunté por qué pero lo entendí cuando vivimos años mas tarde en EEUU pero eso es el siguiente chiste. 
    
El 31 mi papa se iba temprano al bosque más cercano y regresaba pocas horas después con un hermoso pino. El olor era embriagante a pino fresco mezclado con olor a la nieve. Yo sé que suena raro pero la nieve sí tiene un aroma muy particular. Colocábamos el arbor en la sala y sacábamos una caja vieja de los adornos envueltos cada uno por separado en un papel seda. Era toda una ceremonia. Desenvolver con extremo cuidado cada ornamento y colocarlo en el árbol. Cada uno tenia su historia o alguna sorpresa. Algunos de ellos tenían sonido, otros un mecanismo oculto que los hacia girar, otros brillaban con la luz tirando mil reflejos al cielo raso. El toque final siempre era poner pedazos de algodón blanco en cada rama imitando así la nieve que se acaba de derretir. Esta historia no es mucho de chiste, tan solo un recuerdo nostálgico.
    
Algunos años mas tarde nos toco vivir un par de Navidades en West Lafayette, Indiana. Linda época y bellos recuerdos. Nuestra primera navidad en EEUU. Qué gran ilusión teníamos de comprar un pino de verdad. No eran nada baratos por eso decidimos ponerlo un tanto antes de la Navidad para disfrutarlo por más tiempo. No fue tan fresco y frondoso como los pinos que traía mi papa pero fue lindo y olía muy rico. 
    
Todo iba muy bien, pero justo un día antes del 24 me pareció que el arbolito cambio de color. Ya no era verde si no un color verde fatiga tirando a amarillo cafe. La cantidad de agujas caídas debajo del árbol fue alarmante. Definitivamente fue un error de tocarlo en este punto. De un pronto a otro se le cayeron todas las agujas. El arbor de Navidad parecía un esqueleto de la cátedra de medicina solo con las luces y los adornos Navideños. No había manera de dejar aquella cosa horrorosa para la cena de Navidad donde venían todos nuestros amigos.        
    
El desafortunado árbol terminó tirado por el balcón del segundo piso, ya que no había forma de bajarlo por las escaleras así de tieso y rasposo, y posteriormente en el basurero. Pasamos la cena de Navidad con una tira de luces amarrada a una alta lampara de piso. Mis hijas estaban muy preocupadas pensando en cómo  el Niño Jesus iba a dejar los regalos debajo de una lampara.
    
Otra historia graciosa es de este año. De tan solo unos días atrás. Tenemos la costumbre de llevar a mi mama a Sabanilla a comprar su arbolito fresco y recién cortado. Ella disfruta mucho del paseo, la búsqueda del arbolito perfecto y un almuerzo en familia después. Este año terminamos con dos arboles amarrados en el techo del auto. 
    
Buscando al candidato perfecto hablamos pasado a un puesto de venta de arboles ya cortados. La abuela se enamoró de uno pero como sucede muy a menudo no se quiso comprometer con el primero, necesitaba ver mas opciones. Más adelante por la carretera pintoresca de Sabanilla encontramos un lote con venta de los cipreses aun en siembra. Después de un largo andar entre los arboles, llevando un sol despiadado del media día, al fin encontramos el pino perfecto. 

“Este? Seguros?’-pregunto el señor con el serrucho.

“Si, si”- contesto mi mama.

Don minutos después y con el árbol en el suelo exclama:

“No, no, no lo quiero, esta seco por dentro”.

“Too late”- dijo Mauri, mi yerno.

Con la abuela furiosa protestando en ruso montamos el árbol al carro.

“Quiero el primero que vimos”-declaró montada al carro. Era de esperar, por lo general es difícil de convencer.

No hay problema, nos vamos de vuelta al primer puesto. La abuela mira el árbol y da la orden de montarlo al carro también. Y allí va el segundo árbol para el techo. 
    
Durante todo el camino a casa estaba defendiendo su teoría de que el segundo árbol era el mejor. Llegando a la casa bajamos los dos arbolitos y la pusimos a escoger. Vaya sorpresa, escogió el primero. Ahora que hacemos con el segundo árbol?
    
En este momento pasaba por la cale el afortunado vendedor de helados. Porque afortunado? Este día le toco llevarse un árbol de Navidad de regalo para su casa. 
    
Así termina esta historia. La abuela quedó feliz y se festejó un día más de las lindas tradiciones familiares navideñas. 
    
“Tradiciones, tradiciones, tradiciones”-como dice la famosa canción de la película El violinista en el tejado. Que seriamos sin las tradiciones familiares? 




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