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Hoja en blanco


 

Hoja en blanco



Hoy en la mañana abrí mi computador, busqué la aplicación de escritura y puse una hoja en blanco para escribir este artículo. Toda la mañana, durante mi practica de yoga y luego una caminata por la jungla del caribe costarricense, estaba pensando de qué podría tratarse este articulo. Me fui a buscar mi inspiración en la naturaleza. 

Estoy pasando unos días en Puerto Viejo, es un pueblito caribeño pintoresco, de playas de ensueño, comida con sabor a coco, mecedoras viejas sobre la arena, un pequeño mercadillo de chucherías de la zona y muchas rastas sin camisas. La propiedad donde me estoy quedando tiene una atracción escondida. Es un ceibo enorme. Cuando mi amigo me comentó que hay un ceibo “interesante” en proximidad de la casa, me dio curiosidad de verlo y abrasarlo, como está de moda ahora, a hacer la conexión con el alma de ser vivo escondido dentro del árbol, sentir su presencia, su energía, conectarme a travez de sus raices con la madre tierra y subir a su cúpula para tocar las nubes. Según yo lo iba a abrasar, literalmente. Cuando vi el árbol me quedé perpleja, atónita y completamente sin palabras. Para abrasar aquel gigante no había ninguna posibilidad humana. El árbol resultó ser de tamaño de las secoyas del famoso parque nacional de secoyas en California. 

Acabo de viajar hasta San Francisco en dos vuelos larguísimos de seis horas y luego otras seis horas en coche para llegar hasta las famosas secoyas que hace mucho están en mi lista de “pendientes de conocer antes de morir”. En aquel parque caminé por la nieve, me emocioné como niña chiquita, toqué a los gigantes milenarios, conversé con ellos, sentí su presencia abrumadora y me transporté con ellos a miles de años atrás. Con mis ojos cerrados vi los hombres vestidos de pieles, luego unos con caras pintadas y plumas en la cabeza y luego unos en caballos con lanzas. Con mi espalda pegada a una de las secoyas me sentí del tamaño de ella, con mis pies en lo más profundo dentro de la tierra y mis cabellos tocando las nubes. Tuve la experiencia de las más espirituales que he vivido. Pero nunca me imaginé encontrar algo parecido en Costa Rica, a quinientos metros de una casa particular, en una propiedad privada, dentro de una finca. 

El ceibo ocupa a poco más campo en circunferencia que las secoya que se considera el árbol más grueso del mundo. El tronco del ceibo a la vista no es tan grueso pero tiene raices que salen de la altura de varios metros y parecen arbotantes de una catedral gótica. Mi asombro no tuvo fin. Soy diseñadora de interiores, me encanta la arquitectura y historia de arte que estudio en un grupo desde hace algunos años. Mirando con asombro de niña aquella maravilla de naturaleza pensé en unidad tan profunda que tenemos con el reino vegetal, pensé sobre la unidad con todo el planeta y unidad indiscutible con el resto de universo. La naturaleza inventó la arquitectura mucho antes de que el hombre creyó haberlo hecho. Los contrafuertes de aquel ceibo parecen paredes de concreto cubiertas de un material decorativo que no existe en el mundo artificial de acabados de construcción. Por aquellas paredes suben hasta arriba todo tipo de lianas de hojas de diversos tamaños y formas, desde las más chiquitas en un verde claro hasta hojas enormes en un verde oscuro profundo. Ni un paisajista hubiera logrado tal variedad y integración entre las plantas. Los tallos flexibles como cuerdas de goma, las hojas y ramas se entrelazan, se entreveran compartiendo el mismo espacio, sin competencia, en paz y harmonía. Pensé en la incapacidad humana de hacer lo miso. Competimos, nos tratamos a codazos y mordiscos, nunca estamos contentos, reclamamos que no hay suficiente, que hay que luchar por el fragmento de felicidad, que otro no te gane la batalla por el oxigeno y nutrientes. Pero es la falta de certeza la que envenena el aire, la falta de compasión y humanidad lo deja sin oxigeno ni nutrientes. Nuestro mejor nutriente, al igual que para las plantas, es la luz, ella nos llena de amor, empatía y profunda conexión con el todo, con todos los reinos y con el universo entero. Así como las plantas, necesitamos desear la luz con todo nuestro ser.

La presencia majestuosa del ceibo gigante desvió mi atención no solo de articulo que iba a escribir, pero también de ultimo año, desafíente emocionalmente, que viví, de las lagunas de la tristeza que crucé nadando más de una vez en los últimos cuatro años a pura fuerza de mis brazos. 

Hace cuatro años me divorcié. No lo vi venir y la ruptura produjo una brecha profunda en mis creencias sobre la fidelidad, amor, relación de pareja y mucho más. Se abrió un espacio entre mi ser físico y mi alma. Es posible que el espacio ya existió pero no lo veía dentro de la nube de mi vida perfecta y felicidad plena, vida familiar llena de eventos y casa siempre repleta de gente. Cuando esta nube se esfumó, la brecha se hizo tan notable y obvia que me asusté. Entendí muy pronto que me tocaba hacer el trabajo de cerrarla. Estaba perdida dentro de mis múltiples roles bien ejecutadas de mamá, esposa, amante, nuera, amiga, cuñada, profesional, mentora de una violinista, hija y algunas más. La brecha entre mi ser físico y mi alma me estaba desgarrando en dos. No había unidad en mi. Y eso generó mucha confusión de entre cómo me presentaba ante el mundo y de cómo el mundo me estaba percibiendo. Estaba perdida dentro del cuento de mi vida como dentro del closet de Narnia. 

Volverse encontrar toma tiempo y trabajo consciente. Han pasado cuatro años y aún estoy en el proceso. Tuve momentos cuando pensé haber cerrado la brecha, pero muy pronto me daba cuenta que eso no era real, era ilusión y engaño de ego. El proceso no tiene atajos. Como en un juego de mesa, si tomas un atajo te devuelves al punto de partida y como resultado el proceso sigue por la misma ruta pero con algo más de dolor. Con cada atajo, cada intento de engañar el proceso, el dolor aumenta. Caminamos descalzos por la vida como por un desierto. Con cada truco que intentáramos jugar con el destino y el Creador, nuestro camino se llena de más y más piedras, cada vez más y más ásperas y filosas. Mis intentos de correr me costaron caro. Pies desangrados, tobillos rotos y corazón en pedazos. Rudo pero merecido. 

         Regresando a la hoja en blanco y el miedo de enfrentarla. Es una falacia. Si somos honestos con la escritura y nuestra alma, la hoja en blanco no existe. Se los acabo de demostrar. Me senté en frente de una hoja en blanco y empecé a poner letra por letra, palabra por palabra, párrafo por párrafo, a como se iban bajando desde arriba, desde la nube, desde la cúpula del ceibo. Confié en el proceso. Tomé pausas necesarias pero sin bloquear el flujo de inspiración. Se siente delicioso. Confiar en el proceso, en la intuición, en la creatividad y en la inspiración divina es la clave. Y la practica hace maestro.

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