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UNIVERSOS PARALELOS. Capitulo I.1

 



I.1






Aquel domingo un ángel desnudo con sus alas manchadas se materializó en mi balcón. Fue un domingo normal de mis aventuras cotidianas. De aquellas que solía emprender sin salir de casa ni de la cama, sin levantar las cortinas de mi dormitorio, a punta de café y tostadas con mermelada de albaricoque; en compañía de un libro, ojalá bien gordo, con capítulos largos y descripciones detalladas, que me succionaba hacia dentro como una turbina, me transportaba en tiempo y espacio hacia universos paralelos y mundos distintos solo míos. 

Acababa de publicar mi primera novela. Aún sufría  la embriaguez de un éxito inesperado.

Aquel domingo la aventura había caído del cielo. Esa mañana turbia de otoño, de árboles desnudos y cielo color plomo, las sábanas testarudas se pegaron a mi cuerpo como garrapatas. Intenté quitarlas moviendo el dedo gordo de mi pie izquierdo. Se resistieron a mis intentos, entonces me deslicé como un reptil y caí directo al suelo. 

La madera del piso se sintió inhóspita y fría. Me levanté temblando. Mientras me envolvía en una frazada, mandé una orden telepática a la cocina para que se iniciara el brebaje del veneno adictivo y se alistaran solas un par de tostadas. Pero aquel domingo mis  facultades psíquicas  parecían estar fuera de servicio. Mi cama tampoco tuvo la sensatez de arreglarse un poco, solo para el protocolo, quedó  como después de hospedar a una familia de monos. 

Lentamente, como repitiendo una rutina de tai-chi, caminé hacia la cocina arrastrando mis pies descalzos que murmuraban algo en secreto a la madera del piso. 

Observé sin mover un músculo como caían las últimas gotas del líquido azabache al recipiente de vidrio, una por una, sin afán… Tomé mi taza favorita. Caminé hacia la ventana de la sala para abrir las cortinas y dejar que la claridad terminara de destrozar mi domingo, violentando mi justificación de no empezar el día. 

Tiré de las cortinas y me encontré nariz con nariz con su cara relajada y su cuerpo desnudo. Solo el vidrio de la ventana me separaba de su olor y textura. Cierro los ojos y aún puedo ver su cara pálida, separada de la mía solo por el grueso  cristal temperado. La taza de café se paralizó en mi mano derecha. Mi mano izquierda aún   , sostenía  la cortina. ¿Y si la vuelvo a cerrar y luego la vuelvo a abrir?, pensé. ¿Así  lograría borrar la imagen extraña? Agarré la tela tan duro que sentí los dedos adoloridos y los nudillos se me pusieron blancos. 

La cara sonrió, enseñando una fila de dientes torcidos, amarillos y manchados. Sus ojos explotaron en una telaraña de arrugas. La cara se inclinó hacia la mía y plasmó un beso justo a la altura de mis propios labios sobre el cristal de la ventana. Su boca se desparramó como una medusa. Casi podía sentir su aliento y el calor de aquel beso. 

Tiré de la cortina intentando desaparecer la visión y arranqué de cuajo unas cuantas argollas. La noche regresó a mi habitación. Revertí el tiempo. Al menos eso deseé con toda mi alma. 

Caminé en trance de vuelta a mi dormitorio, puse la taza sobre la mesa de noche y caí cara abajo sobre las sábanas arrugadas. Me quedé en pose de cuerpo asesinado por unos segundos. Enseguida me levanté de golpe y salí corriendo de vuelta a la sala. Me detuve como un soldado haciendo la guardia frente a las cortinas con la intención de volver a abrirlas pero mi coraje se quedó pasmado sobre mi cama como un cuerpo sin vida. Empecé a respirar fuerte acelerando el pulso como antes de una batalla. Tomé la tela con ambas manos y jalé con los ojos cerrados. Imaginé la cara de beso y sonrisa de dientes amarillos y el resto del cuerpo desnudo. Sin embargo, pude percibir con mis ojos cerrados que no iba a encontrar a nadie del otro lado del cristal. 

Abrí los ojos con el pulso más calmado, respiración casi normal y tristeza anticipada. No había nadie en mi balcón. Pero el beso seguía allí, justo enfrente de mi cara. Lentamente puse la palma de mi mano sobre el beso. Este desapareció debajo de ella. Cuando la volví a quitar, la impresión del beso había  desaparecido también. Revertí el tiempo de nuevo. Dudé de mi estado mental.

Salí al balcón lentamente, como con  miedo de espantar algo. No entendía qué exactamente. Había algo en el balcón, una espesura, como si algo colgara dentro del aire, sobre las moléculas de oxígeno y nitrógeno. 

Me agaché para recoger algo  que vi en el suelo. Era una pluma. Chiquita y amarillenta. Parecía sucia. La acerqué a mis ojos. Tenía brillo pero apestaba. Era más hermosa por dentro que por fuera. Una pureza maculada. 

Mientras observaba el pequeño objeto olvidado, escuché un ruido que provenía de bien abajo. Caminé hacia la baranda de vidrio y me incliné con cuidado. Tuve que agarrarme bien de la baranda para no caer. Unos cuantos pisos más abajo, en un balcón igual al mío, una figura desnuda estaba sentada en el suelo haciendo movimientos repetitivos con sus manos toscas sobre las plumas de sus alas que parecían manchadas de algo amarillo. El olor a cloaca llegaba hasta mi nariz.

Pobre, pensé, la porquería urbana no perdona ni a los ángeles.

—¿Necesita ayuda? ¿Jabón? ¿Cloro? ¿Toallas? —le grité desde arriba.

El ángel levantó la cabeza, me sonrió y me hizo el gesto con la mano de que lo esperara. Se levantó, se sacudió las alas, se subió con algo de esfuerzo sobre la baranda del balcón de abajo y voló hacia mí, generando una ventolera con el movimiento de sus alas y esparciendo el olor a peste. 

—¿Tienes agua de rosas? —me preguntó aterrizando sobre mi balcón de nuevo.

—No creo —le contesté mirando instintivamente para abajo, hacia sus genitales. Allí estaban, en efecto. Reposando con una naturalidad renacentista. No había nada en su actitud de esconderlos o avergonzarse.

—¿Rocío? —intentó de nuevo.

—En la madrugada en el jardín de abajo —contesté.

El hombre se rascó la frente con gesto pensativo.

—¿Qué tiene para limpiar plumas de ángel? —preguntó algo frustrado.

Me encogí de hombros tratando de pensar diligentemente. Tenía que ayudar a mi ángel. No es todos los días que te aterriza uno en el balcón. Sobre todo con ese tamaño de genitales y esta personalidad. Le traje lo que encontré en mi baño, dentro de las gavetas y cajones. Lociones, cremas, perfumes, jabones y astringentes. Cuando regresé con las manos llenas de botellas y frascos no encontré a nadie, solo unas cuantas plumas sobre mi balcón. La intención cuenta, pensé.

Me senté en la silla del balcón con el ejército de frascos en los regazos mirando al cielo, sonriente. Siempre supe que mi ángel iba a ser diferente de todos los ángeles del universo. Y no todo es como se ve o parece.




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