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El Sobre blanco (cuento corto)




El Sobre blanco






Me despierto cada mañana, miro por la ventana, escucho el sonido de los pájaros y salgo al jardín a tomar un respiro de aire fresco matutino. Desayuno. Me tomo una larga ducha. 


Me estaciono dentro de mi amplio armario. Está repleto: ropa casual, formal, cómoda, de viajar, de ejercicio, de pasear al perro, de diseñador… Zapatos para todo gusto: de fiesta, planos, casuales, de trabajo, para jeans, sandalias, tenis de todo tipo… 


Me quedo estacionada allí un largo rato sopesando la decisión de la vida. Luego saco un pantalón de buzo, camiseta blanca y unas sandalias chinas de hule. Listo. 


Llevo más de un año de eterna cuarentena de la pandemia. Atrás quedaron los tacones y chaquetas, los jeans de huecos y camisetas mini, los encrespadores de pestañas y las joyas. A menos que quisiera lucir algo de esto para mis perros. Seguro ellos sí lo apreciarían. ¿A quién estoy tratando de engañar? No les importa en lo más mínimo. Lo que les incumbe es qué les doy para comer, que los saque a pasear unas seis veces al día y los acurruque en la noche conmigo en mi sillón favorito con un buen libro.


Esta mañana todo fue diferente. Anoche había llegado una carta. Un sobre grande, blanco con mi nombre escrito en manuscrita. Llevo años de no recibir una carta de verdad, en sobre y papel. La abro con múltiples signos de pregunta en mi mente.


La carta es una invitación a un viaje alrededor del mundo. Leo las primeras dos líneas y estoy a punto de tirar la carta al basurero. Quién estaría perdiendo su tiempo enviando bromas de mal gusto. Pero hay algo en la carta que me detiene. Algo en su tono que me hace seguir leyendo. 


Dice que es un experimento. Habían revisado mis perfiles de FB e Instagram y me identificaron como una persona que disfruta el arte en sus múltiples formas, una persona creativa y espiritual. Ahora tengo una oportunidad única de conocer los lugares más espectaculares del mundo…. sin la presencia de las personas. Instantáneamente recordé una reflexión en mi blog donde me había quejado extensamente sobre la desgracia que estamos viviendo. De no poder conocer ninguna maravilla del mundo sin aglomeración de gente intrépida, a la cual solo le interesa tomarse una selfie y postearla en todas las redes sociales para que sus amigos se pongan verdes de envidia. Gente que visita los lugares más icónicos del mundo sin tener ni la más remota idea sobre su historia . Los que visitan los museos y galerías de arte sin saber apreciar plenamente lo que están viendo. Solo para poner un pin de haber estado allí.


Había escrito esa reflexión el día cuando había soñado  montarme en una máquina del tiempo y regresar algunos siglos atrás para ver lo maravilloso del planeta sin un solo turista chino, ruso o japonés a la vista.


Como se dice: tenga cuidado con lo que desea. Me estaban dando esta oportunidad. En un jet privado, los aeropuertos sin filas, calles desiertas, museos sin filas. Iba a poder ver las 101 maravillas del mundo. Los detalles de permisos de las aduanas y fronteras cerradas venían en una explicación aparte. Todo estaba bajo control y con los gastos cubiertos. Había un teléfono donde debía llamar para dar mi respuesta. Tenía solo 24 horas para pensarlo. No necesité los 24 horas. Llamé inmediatamente,  pero hasta el último instante temiendo que todo fuera una broma, o peor aún una estafa. Quedé en que iba a recibir todas las instrucciones por correo electrónico. Había una condición importante: no podía llevar a nadie conmigo ni poder tomar fotos. 


Tenía dudas de qué llevar a este viaje tan ortodoxo. Nunca logré viajar liviana. Me había prometido una y otra vez con cada viaje  llevar únicamente lo necesario, pero al final terminaban en mi valija los zapatos de vestir para la noche del teatro, las cinco chaquetas y cinco pares de zapatillas, todos con el l mismo propósito: me combinaran  con cada outfit, varias bufandas, múltiples accesorios, hasta joyas, sin mencionar los sombreros y varios pares de lentes de sol. 


Esta vez, preparando lo necesario, el argumento principal para rechazar cada pieza fue el mismo: ¿Para qué? Si nadie me va a ver. Después de terminar la misión yo estaba muy orgullosa de mí misma: sí voy a lograr al fin y por primera vez viajar liviana.


Un Uber me recogió la siguiente mañana para llevarme al aeropuerto. Allí me escoltaron a una terminal remota para abordar un jet privado. El piloto y las dos sobrecargos muy profesionales, muy atentos, callados y desapercibidos. 


-Qué delicia -pensé-, no hay que hablar con nadie buscando temas de conversación ni tratando de ser simpática. Me acomodé en una silla mucho más cómoda de lo que esperaba y cerré los ojos. Nunca me han gustado los despegues, no sabía qué esperar de un avión de este tamaño. En un santiamén ya habíamos logrado la altura de crucero. 


Estaba medio dormida con el sonido arrullador de las turbinas cuando alguien me tocó el hombro. Abrí los ojos. Fue la aeromoza, una señorita con el rostro como salido de una obra de Paul Gauguin de su serie de Haití, radiante y sonriente.


-A dónde le gustaría viajar primero? -me pregunta....


Okey. Está bien, debo reconocerlo. Tengo una imaginación muy vívida. Me gusta soñar despierta. Lo del sobre sí es verídico, pero el resto es producto de mi mente imparable. 


Estoy sentada con el sobre blanco gigante en mis regazos, tratando de alargar el momento antes de abrirlo y encontrarme algo tan banal y aburrido como una revista gratuita con mil anuncios y nada de contenido. Suspiro y al fin abro el sobre. Es una invitación. Menos mal, al menos algo interesante según parece. Leo lo que dice. Me están invitando a un evento de escritores amateur quienes aprovecharon el tiempo de la cuarentena para dejar salir su creatividad a través de las letras. Aparentemente les llamó la atención mi blog. Me brillan los ojos. 


Hace un par de meses habían escogido uno de mis microrrelatos para una publicación de tiempos de la pandemia. Pienso que a lo mejor fue parte de la razón de la invitación. Leo los detalles. La convención es por Zoom, ni modo. Qué ganas tenía de ir a algún lado, donde sea, aunque fuera  a un centro de convenciones en Costa Rica. Qué ganas de estar rodeada por personas, sentir la energía colectiva, conocer gente nueva, intercambiar ideas. Pero bueno, ni modo, Zoom será. 


Sigo leyendo. Tengo que prepararme, escribir algunos ensayos, reescribir  algunos cuentos, mi biografía, algo de visión para el futuro. Todo muy cool. Empiezo a ordenar el tumulto de ideas en mi mente. Estoy sumergida por completo en mi mundo cuando se abre la puerta del cuarto donde me encuentro. Es mi hija Charlotta. La artista. Pinta, toca violín, nunca para de inventar y reinventarse. 


-Ma, ¿no has visto un sobre blanco grande?,  Socorro me dijo que había llegado. 


Socorro es mi ayuda en la casa. Técnicamente es mi empleada pero es más una ama de llaves, confidente y amiga. Y desde que mi marido se fue de la casa, se ha convertido en consejera y paño de lágrimas. 


-Si. Acá está el sobre- le contesto a mi Lotty.


No me apuro en darle el objeto que aún tengo en mi regazo. No  quiero despedirme de él. Ha sido mi amigo y compañero de sueños alocados en los últimos 27 minutos. En estos 27 mágicos minutos fui de viaje en un avión privado alrededor del mundo sin habitantes y estuve a punto de participar en una convención de  escritores. Me preguntaba qué otras aventuras más hubiéramos emprendido juntos, Sobre Blanco y yo, si mi hija no nos hubiera separado de manera tan cruel y repentina. Adiós, mi compañero. 


Le paso el sobre a mi hija.


-¿Qué es lo que te llegó? - le pregunto.


-Unos documentos que había solicitado de la escuela.


A decir  verdad, en este momento no tengo ningunas ganas de conocer el mundo sin gente. Todo lo contrario, no puedo esperar el momento cuando pueda viajar, encontrar  tumultos de gentes y filas interminables en el aeropuerto. Sentirme ensandwichada en el asiento del medio entre dos jugadores de futbol americano o luchadores de sumo. Integrarme a una hilera enorme en migración, después seguir pasando en filas interminables todo el viaje tratando de entrar a los museos y las atracciones turísticas, visitar los outlet malls concurridos.


No es verdad. La pandemia me ha enseñado unas cuantas lecciones. Me enseñó a soñar despierta y de una forma diferente, sobre una vida diferente. Mis sueños ya no incluyen carteras y zapatos de diseñador, ni lugares turísticos. Mis sueños sí incluyen personas, pero muy específicas. No gente en masa sin rostro. Seres en sentido individual y único. Personas que en 27 minutos pueden pasar del estatus de un extraño a un amigo, y contarme su historia única con la confianza de toda una vida de amistad y conexión. 


En los tiempos de la pandemia me he convertido en coleccionista de  historias humanas, de los cuentos de vida real. He encontrado  fascinación en las historias sencillas. Siempre he tenido una afinidad con los seres humanos pero la pandemia, mi historia personal, la escritura lo han llevado a otro nivel por completo. 


Y sí, me hubiera encantado  participar en una convención de  escritores. Ni modo que fuera por Zoom. Quiero que sea en vivo y a todo color, en tumulto, muchas risas y conversaciones hasta la madrugada. Esto quedará en mi bucket list.


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