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El jardín (cuento corto)





El jardín 






Ella sale al jardín. Su amado jardín, reflejo de su alma. Su escondite y rincón de escritura. 


El jardinero no puede venir hoy. Ni hoy ni quién sabe hasta cuándo. El condominio ha restringido la entrada de servicio por el problema de la pandemia. 


Al ver algunas hojas secas, otras dañadas o marchitas le empiezan a picar las manos por cortarlas, arrancar lo seco y marchito de su alma cansada y herida de paso.


Comienza con cuidado, con pausa, disfrutando el proceso. Jugar con la tierra y las plantas siempre le ha agradado. Desde niña. Apenas siente la necesidad de calmar o acallar sus pensamientos, toma una tijera, unos guantes de jardín, un sombrero y se dirige a sudar la gota gorda bajo el despiadado sol tropical. Allí, al topar las excesivas perfecciones que suele dejar el jardinero, empieza una discusión imaginaria con él, ¿cómo se le ha ocurrido mutilar la pobre planta de aquella manera tan simétrica y perfecta?


Trabaja con los brazos descubiertos.


“Vale que me puse el sombrero”, piensa, “el sol está ingrato”.


Las plantas tropicales con sus hojas carnudas la miran con unos ojos entre gratitud y desconfianza. Les gusta sentirse renovadas y frescas después de las caricias conocidas de aquel muchacho amable y educado. ¿Pero estos brazos flacos y blancos qué nos irán a hacer? 


Ella introduce sus brazos desprotegidos entre las hojas de las plantas para sacar las hojas dañadas de abajo. Las plantas se resisten y le arañan sus brazos. Así mismo su alma, arañada por la torpeza de aquel que tanto amó por muchos años. 


Conforme se raspa su piel, el tejido tierno de su corazón se va sanando. Ya su vida no parece tan sin sentido. Tiene el jardín, su escondite, sus plantas que la aman con amor torpe y espinoso y su escritura, donde esconde sus heridas abiertas en sus cuentos y poemas y las deja que se sanen en una hoja de Apple Pages en su computadora.


Más tarde en la ducha, las raspaduras se revelan debajo del chorro de agua caliente. Los brazos se ven en carne viva. Ella los mira y sonríe, son las pobres víctimas del sacrificio para revivir su alma asfixiada.

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