Ir al contenido principal

Desafiando la gravedad










Desafiando la gravedad







Por un golpe de la suerte mi oficio se ha vuelto más entretenido de un día para otro. 

Durante tanto tiempo miraba las cortinas cerradas, espacios callados, fregaderos de la cocina llenos de platos sucios, abandonados en la carrera mañanera, los dormitorios con las camas desarregladas y alguno que otro perro aburrido viendo con desdén a un objeto extraño bajar por una cuerda y quedar colgado fuera de su ventana. La mayoría de los habitantes caninos y felinos están muy acostumbrados a mis apariciones y desapariciones. Uno que otro, nuevo, de vez en cuando se pone nervioso, pero al rato se acostumbran a mi presencia no entrometida.


Antes de la pandemia solía presentarme al trabajo y salir a arriesgar mi vida como de costumbre. Ahora con la cuarentena y distanciamiento social, como lo llaman los periódicos para ponerle un término intelectual, el panal está lleno a reventar. Todas las abejitas en sus celdillas, apiñadas y no muy contentas, como puedo observar desde mi perspectiva aérea. Sobre todo, cuando de pronto me les manifiesto sorpresivamente como el hombre araña. Esta gente ni idea tenía de que las ventanas no se limpian solas.


Al empezar no más mi jornada, bajé por un apartamento que he visto vacío y muy ordenado por años. Empecé a aplicar jabón cuando salió una doncella hermosa del baño con el paño amarrado en la cabeza y los ojos en la pantalla del teléfono. Las cortinas abiertas de par en par sin precaución alguna. La única prenda que traía puesta la señorita era el paño que le sostenía el pelo. Muy linda escena, casi dejé caer el jabón y la esponja de la impresión. Apenas me vio, pegó tal grito que le hizo competencia a la alarma de incendio del edificio. Yo en cambio, muy sereno y ecuánime, la saludé con mi mejor sonrisa, sequé su ventana y desaparecí como si nunca hubiera estado allí. 


Seguí al ventanal de al lado y vi a una señora muy mayor sentada en la mecedora con el gato pardo en los regazos, vestida y arreglada como para salir. La fuerza de la costumbre. Su carita arrugada como una pasa, con sus polvos y colorete bien puestos, anteojos en la nariz y televisor a todo volumen al frente. Su novela favorita en pleno drama y ella bien dormida sin darse cuenta ni de la novela ni de mi presencia. Al menos la visité en sus sueños. Limpié su ventana muy callandito, para no interrumpir su cita con Morfeo, saludé al gato y me desvanecí. 


Iba a trasladarme hacia la derecha, pero oí unas voces pasadas de tono a la izquierda y sentí el deber de ver si a lo mejor la ventana estaba muy sucia. Llegué y me topé de frente con una pareja de jóvenes en lo mejor de una conversación shakesperiana, con lágrimas y gesticulaciones al mejor estilo de Stanislavski. Se voltearon los dos al mismo tiempo hacia la ventana.


-¿Esto qué es?


-¿Y yo cómo lo voy a saber? ¡Acaso soy el encargado del mantenimiento de este edificio! ¡Faltaba más!


-Tienes razón. Perdón. No viene al caso. Solo me sorprendió. ¿Vas a querer aquel café, según vos rechinado, sí o no? Puedo hacer uno fresco, no me cuesta nada. 


-No, no te preocupes. Creo que exageré.


Les limpié la ventana para ponerlos aún más contentos. 


Y ahora sí me fui para la derecha y más abajo. Vi a un niño sentado en la alfombra de la sala, cerca de la ventana. Pasaba su dedito por el cristal siguiendo a un bicho, su pequeño rostro ausente. Agarré un poco de espuma del balde con agua jabonada que siempre llevo colgado de mi cintura y me puse un sombrero, bigote y barba hechos de las burbujas blancas. Le dibujé una carota feliz en la ventana con la misma espuma. El niñito me sonrió y se fue corriendo a traer algo. Volvió enseguida con unas hojas de papel de pintar y un puño de lápices de colores. Se tiró de panza en la alfombra y se puso a dibujar entusiasmado. Cuando había terminado de limpiar su ventana, vi en la hoja de papel a un ser fantasmagórico con alas de águila dentro de un cuadrado. Creo que la madre del niño se va a romper la cabeza indagando de dónde ha salido tal fantasía. ¡Los niños y su capacidad de ver lo invisible!


Apenas bajé  al siguiente piso, quedé nariz con nariz con la cara perpleja de un mechudo. Me peló los ojos como platillos voladores y se persignó del susto. Parecía que en su vida había visto un ángel bajar del cielo. Me sonrió tratando de no parecer sorprendido y se hundió en su computadora. Mientras yo hacía lo que me correspondía con su ventana, él, un poco despeinado, subía y bajaba los ojos llenos de neblina. Estaba presente pero no en cuerpo y espíritu. No paraba de escribir algo, sus dedos volaban sobre el teclado. Sonreía él solo, empezaba a escribir más rápido, paraba, me miraba a mí de nuevo, pero creo que no me veía. Su mirada me traspasaba como si fuera yo hecho del mismo cristal de la ventana. Y volvía a escribir algo, presuroso. Y volvía a sonreír solito. Se parece a Pushkin, pensé. A lo mejor irá a escribir algo sobre mí. Apareceré en su novela o poesía, no como un simple empleado de la compañía de limpieza, sino como un superhéroe que anda mirando por las ventanas y salvando al mundo de la pandemia y del aburrimiento. O a lo mejor como un ángel guardián de alas invisibles que baja del cielo para ayudar a los buenos. 


¿Quién seré yo para juzgar quién es bueno y quién no? Solo hago mi trabajo.

Entradas más populares de este blog

El regalo (cuento corto, reflexión)

El regalo U n día el mundo abrió los ojos y se dio cuenta de que no tenía futuro. Se habían borrado las hojas de los calendarios de papel, se desaparecieron las fechas programadas en los sucedáneos de Google y Apple, se esfumaron las agendas apretadas llenas de viajes programados, conferencias, convenciones, seminarios y miles de reuniones.  El mundo al ver semejante fenómeno se había sorprendido al principio, pero de pronto cambió el tema de las conversaciones.  Dejaron de hablar sobre los planes grandiosos del futuro, de lo felices que iban a ser cuando lograran esto y cumplieran aquello, cuando tuvieran tanto y llegaran hasta tal meta. Dejaron de temer el calentamiento global o una pandemia mundial. Solo se dedicaron a vivir el presente de la manera más humana y fraternal posible. El presente es lo único que había.  La gente empezó a hablar sobre el pasado, las memorias, a preguntar a sus padres y abuelos sobre cómo había sido el mundo antes. Empezaron a leer los libro...

El cuento de la Navidad

                        El cuento de la Navidad      Nunca puede faltar una reflexión sobre la Navidad. La eterna controversia entre lo esencial y lo superficial, entre lo material y lo trascendental, entre lo falso y lo verdadero. El dilema eterno.       Y por qué habría que separarlos? Acaso se podría separar lo material de nuestro cuerpo de lo espiritual o esencial? Acaso no están eternamente unidos el gozo de disfrutar de la buena componía de amigos y familia con uno que otro tamal de sobra y una que otra copita de mas? Acaso no están sublimemente unidos la pierna de cerdo y el queque navideño con los abrazos y los chistes pasados del tío favorito? Acaso no están relacionados los momentos más lindos y memorables de nuestras vidas con las fiestas y reuniones familiares alrededor de los tamales, piernas de cerdo, pavos y queques?      Disfrutemos las fiestas...

La Muñeca Rusa

Spotify                                                                                                                       Apple Podcast   Soy mam á , abuela, matem á tica, ingeniera qu í mica, dise ñ adora, practicante de Feng Shui, mentora, escritora, estudiante de c á bala, locutora de radio, productora de blog y podcast y astr ó loga cabal í stica. ¿ Algo m á s? Mas adelante sin duda emprender é algo nuevo. Pero por ahora es solo eso. Y eso me asusta, me confunde y creo que es confuso para la gente tambi é n. No parece tener credibilidad una persona que hace tantas cosas. Acostumbramos con mente angosta a personas muy buenas en un á rea especifica. Pero los tiempos han cambiado y el m...